El 13 de Abril de 1994 en el hospital St. John de Yonkers, Nueva York, nacieron dos mellizos en el seno de
familia de Chris y Pilar White.  El primero en nacer fue Jacob, y dos minutos más tarde apareció su hermano
Mateo.  Los mellizos gozaban de perfecta salud y su desarrollo fue normal durante su primer año de vida.

    En el verano de 1995 fuimos con nuestra familia a un viaje de seis semanas a Colombia, Suramérica, que
es el país natal de mi esposa Pilar, la madre de los mellizos.  A nuestra llegada, Pilar notó que la pierna derecha
de Mateo había empezado a torcerse hacia adentro.  Cuando Jacob comenzó a tratar de caminar al final del
verano de 1995, Mateo también quiso tratar de pararse y caminar, pero su pierna derecha no lo sostenía.  Se
caía continuamente del lado derecho.

    Pilar pidió luego a Susan Burrows, una gran amiga nuestra con formación en medicina que nos
acompañaba en ese momento, examinar a Mateo.  Ella confirmó que la pierna tenía una inclinación hacia
adentro, y también notó que la pierna derecha era más larga que la izquierda.  Nos sugirió que lo lleváramos al
pediatra de nuestros hijos.  Al doctor le preocupó mucho lo que vio y nos comentó que el caso parecía grave.  
Nos remitió entonces a un ortopedista pediatra que a su vez nos remitió a otro especialista del Hospital de
Cirugías Especiales de la ciudad de Nueva York (HOSS).

    Después de varios exámenes en este hospital en agosto de 1995, se nos informó que en la médula ósea
de la pierna derecha de Mateo se habían formado vacíos longitudinales.  En efecto, el hueso inferior de la pierna
de nuestro hijo estaba doblándose hacia adentro.  También se nos dijo que la que parecía ser la enfermedad de
Mateo era extremadamente rara, para la que no existía nombre ni cura.

    A lo largo del otoño se le practicaron numerosos exámenes a Mateo.  Eran pruebas difíciles para un bebé
de apenas un año.  También fue duro para nosotros presenciarlos.  En ese momento Mateo recibió la amistad y
el apoyo de Sean Robertson, un joven estudiante que habíamos conocido en la universidad de Yale.  Él pudo
acompañar a Mateo en algunos de los exámenes más complicados.  Los resultados fueron desalentadores: se
confirmó que Mateo padecía una enfermedad extraña e incurable.  Su pierna continuaría doblándose y el niño
quedaría lisiado de por vida.

    Aun sin la esperanza de una cura, los médicos del HOSS nos informaron que estaban interesados en
hacer el seguimiento de la enfermedad de Mateo con propósitos de estudio.  Se nos dijo que el HOSS era un
centro líder de investigación en los Estados Unidos de esta enfermedad en particular.  El doctor pidió después
nuestra autorización para realizar una junta con varios especialistas más, entre ellos los especialistas pediatras
más importantes de la escuela de medicina de la universidad de Iowa.  Los ocho doctores examinaron al tiempo a
Mateo en una pequeña sala de conferencias del hospital. Mi esposa y yo nunca olvidaremos el surrealismo de
aquella escena de nuestro pequeño hijo rodeado de médicos famosos con mucho interés en él pero ninguna
respuesta a su problema.

    A lo largo del otoño y el invierno, la pierna derecha de Mateo continuó doblándose más y más hacia
adentro.  Le contamos a nuestro médico en el HOSS que muchas personas estaban orando por Mateo: amigos
de la iglesia y de mi alma máter, Yale, misioneros en otros países, así como empleados y estudiantes del
Convento del Sagrado Corazón en Manhattan donde yo enseñaba matemáticas.  Miembros de la iglesia también
habían ungido con aceite al niño durante una reunión especial de oración por su sanidad.  El doctor respondió
que la oración no causaría daño alguno, más sabiendo que los médicos nada podían hacer para curar a Mateo.  
Cierto día, Pilar y yo estábamos en la sala de espera del consultorio donde Mateo era examinado, cuando un
chico judío de unos 11 o 12 años llegó por el pasillo en muletas arrastrando tras de sí su pierna doblada. Pensé
que este chico podría tener el mismo problema de nuestro hijo.  Conteniendo las lágrimas cuando el chico y su
padre se sentaron junto a nosotros, empecé a orar por aquel niño judío y también por Mateo.  En silencio, rogué
al Señor que Mateo no pasara el resto de sus días en muletas, arrastrando su pierna.

    Para entonces, nuestra compañía de seguro médico rehusaba pagar los cuantiosos gastos médicos que
acarreaba la enfermedad de Mateo.  Tuve que pasar meses de llamadas y cartas para reclamar a la aseguradora
antes de lograr que ellos pagaran cada cuenta.  Esto se repitió con cada factura que se generaba por cuenta de
la enfermedad de Mateo, y la oficina de administración del Convento del Sagrado Corazón hizo cuanto fue
posible para interceder por nosotros ante la compañía de seguros.  Al cabo de más de medio año de este
suplicio, escribí una carta muy enérgica a la compañía de seguros señalándoles cuan cruel era tratar de forma
tan desconsiderada a una familia que ya sufría tanto.

    Poco después, el gerente administrativo del colegio donde trabajaba asistió a una reunión para
administradores escolares.  En la reunión, un representante de nuestra compañía de seguros mostró mi carta a
los asistentes (omitiendo toda información personal), como modelo de reclamación eficaz de un usuario de
seguros médicos cuando una compañía aseguradora rehúsa pagar servicios de salud.  Conociendo de antemano
el caso de nuestro hijo Mateo, este gerente de nuestra escuela reconoció de quién era la carta y me lo comentó
después en el trabajo.  A partir de ese momento, la compañía aseguradora pagó con rapidez cada factura hasta
que terminó el tratamiento médico de Mateo.

    Al comienzo de la primavera de 1996, el especialista del HOSS nos informó a Pilar y a mí que no entendía
lo que sucedía, ya que la médula del hueso de Mateo estaba completa y el hueso había empezado a girar y
enderezarse.  Dijo que nunca había visto eso antes y que no tenía explicación alguna para el hecho.  Mateo
todavía no podía caminar como su hermano mellizo, pero se movía con más libertad.

    En abril de 1996 nuestra familia participó en una campaña evangelística en la universidad de Yale, en el
prado frente a la biblioteca Sterling Memorial, la biblioteca principal de la universidad.  El evento fue promovido
por Yale Students for Christ, InterVarsity, Living Water, y otros grupos cristianos que operan en el campus.  
Alrededor de cien estudiantes de pregrado estaban presentes oyendo las intervenciones y testimonios de otros
estudiantes y los cantos de Living Water.  Otros repartían Biblias y libros en una mesa cercana.  Siendo que por
veinte cinco años yo había dirigido estudios bíblicos en la universidad de Yale, muchos de los estudiantes
conocían a Mateo y su enfermedad.  Incluso muchos de ellos habían cuidado a nuestros tres hijos.

    Mientras hablaba en el momento que me correspondía, un niñito corrió frente a mí pateando un balón de
fútbol.  Paso, paso, puntapié, paso, paso, puntapié...  ¡Un estudiante me haló del saco y me hizo ver que aquel
niñito era Mateo!  El pequeño, que siempre había cojeado y nunca caminaba, ¡ahora estaba corriendo en aquel
prado!  Los estudiantes alrededor lloraron, pero pronto hubo exclamaciones de júbilo por el milagro que Dios
acababa de realizar.

    Con este cambio en la situación de Mateo, Pilar y yo llevamos de nuevo al niño al especialista en HOSS.  
La noche anterior a la cita, Jacob, el hermano mellizo de Mateo, había subido en algo y había roto un cuadro
enmarcado con vidrio que estaba en la pared.  De alguna forma, uno de esos vidrios alcanzó a hacerle una
herida de 10 centímetros a la pierna recién sanada de Mateo.  Gracias a Dios la herida fue solo superficial, pero
Pilar temía tanto que fuéramos acusados de descuido que me rogó no comentarle al médico el suceso.

    Al día siguiente, mientras esperábamos al médico, me senté en una de las sillas, y los tres niños brincaron
sobre mí, cada uno con su animalito de peluche.  Cuando el médico apareció en la sala de espera y vio la escena
que tenía frente a él, puso sus manos en la cintura y exclamó: “¡todos parecen cortados con la misma tijera!”  
Pilar, que no entendió la expresión en inglés, se apresuró a responder “¡no, no doctor, fue con un vidrio!”  El
doctor se volvió desconcertado hacia Pilar sin saber de qué hablaba.  De hecho, nunca notó la herida del vidrio
sino que comunicó el feliz anuncio de que Mateo estaba sano y que no necesitaríamos más sus servicios.

    Hoy día Mateo tiene 15 años y es deportista, buen estudiante, y discípulo de Jesús.  Entre otras cosas,
hace poco ganó el primer lugar en las olimpiadas matemáticas del distrito noreste de Pensilvania, y llegó hasta
las finales estatales en Harrisburg.  Asimismo, ganó el premio de excelencia académica de la presidencia al
terminar su escuela media en junio del 2008.  No tiene secuela alguna de haber sufrido una enfermedad, tan solo
vagos recuerdos de una época difícil en su primera infancia.  En verdad, como la Biblia declara: “Porque yo soy el
Señor, tu sanador” (Éxodo 15:26,
Versión Reina-Valera 1960).


    Copyright ©2008 Christopher N. White.  

    Traducción ©2009 por Eliana Cárdenas Rojas, y con asistencia editorial por Rúben Rodriguez Ferreira.

La sanidad de un niño en Yale
Cross Campus, Yale University
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